
La particularidad de la música Rusa me ha llevado siempre ha profundizar en los vericuetos de la vida de los mismos músicos. No me permito, lamentablemente para muchos, remitirme a la pura experiencia, sencillamente porque su formación, historia y opiniones me llenan también los labios de sensaciones. Así fue con Sergei Sergeyevich Prokofiev. Desde los sonidos iniciales, recuerdo que fue con Pedro y el lobo, tuve un encuentro satisfactorio, y desde el primer momento me agradó la disposición, los golpes de marcha, las melodías y las variaciones de una obra que suelo recomendar no pocas veces. Fue quizá dicha marca personal la que me invitó a revisar la vida de este autor (principalmente, sus años de formación) en quien percibía, y esta línea demuestra mi poca modestia como mi relativo analfabetismo en términos de música de cámara, una sensación a Korsakov y a Stravinsky: dos de los referentes que mi oído más frecuenta. Avanzada mi breve investigación, al parecer, no estaba tan lejos de la realidad.
En el otoño de 1904, cuando Prokofiev contaba con trece años, ingresó al conservatorio de San Petersburgo. Vale indicar, según los textos de Zhukovsky, no el poeta tradicional ruso, que en dicho verano se había pasado largas tardes componiendo el primer acto de su ópera Odina en el territorio de Sontsovka, lugar donde solía pasar sus tiempos de vacaciones. En aquel momento, Prokofiev se ve obligado a separarse de su padre, dejándolo en Sontsovka, para dirigirse al conservatorio, con su madre, en San Petersburgo.
Según los apuntes de La Motte-Fouqué, el párvulo Prokofiev se presentó a los exámenes de admisión del conservatorio con cuatro óperas, dos sonatas, una sinfonía y algunas piezas para piano bajo el brazo. Sin duda, un repertorio amplio que sorprendió de sobre manera a la mesa examinadora conformada por Rimsky-Korsakov, Glazunov y Anatoly Lyadov.
Se cuenta con suma frecuencia que Korsakov llegó a decir:”este es un alumno como siempre deseé tener”.
Todo arrancaba bien para el joven Prokofiev, quien se mantendría en dicho conservatorio por diez años de exigente formación y, como cuenta Nestyev, de constante lucha de afirmación contra las tradiciones y contra muchos profesores que la encarnaban, todo en búsqueda de lo individual, de lo particular, de un estilo sincero ajeno a formulismos. Tal lucha, vale indicarlo, nunca representó una acumulación de victorias para el joven músico, hoy sin duda ampliamente reconocido como uno de los mejores compositores rusos.
Sus primeros años de estudio se toparon con los tradicionales métodos de ejercitación impartidos en clase de Lyadov; dichos métodos irritaban con sensible facilidad al joven compositor. Si bien Lyadov era reconocido como un músico de alto calibre y de indiscutida inteligencia, se cuenta que no fue un gran pedagogo y que esto influía, constantemente, en el interés que daba al desarrollo individual de sus alumnos. Es decir, no le interesaba mucho las creaciones de sus pupilos, al menos, no más que conducir la estricta observancia de las reglas en los ejercicios de armonía o en la pureza en la conducción de la voz al momento de la ejecución. Es, ante este avatar en su enseñanza, que su obra Odina queda incompleta en esos tiempos.
Al año siguiente de su inicio de clases, y sin mayor explicación para el joven Prokofiev, este se vio inmerso en constantes disturbios y reuniones estudiantiles: la revolución de 1905 había llegado. Dichas revueltas trajeron la destitución de Rimsky-Korsakov y las renuncias de Lyadov y Glazunov
[1]. Ante dicho vendaval, que sin saber muy bien qué sucedía, cuenta Prokofiev:
“también yo firmé, una protesta en la que amenazábamos con abandonar el Conservatorio, cosa que horrorizó a mi padre”
Con tales acontecimientos, y las renuncias que trajo consigo, las clases de armonía se habían suspendido.
Sin embargo, nuestro autor no dejó su formación de lado y siguió estudiando piano desde 1905 a 1906 con Alexander Winkler, y trabajando con Lyadov, en casa de este, en el segundo acto de Odina y en algunas piezas para piano.
Nestyev cuenta que en este 1906 y en el subsiguiente 1907, el talento de Prokofiev como compositor fue moldeándose. Para 1907, Lyadov y Rimsky-Korsakov habían regresado al conservatorio. Con ello, sus clases de composición se reiniciaron. Asimismo, una oleada de jóvenes músicos ingresaron al conservatorio, principalmente a estudiar contrapunto bajo la dirección de Lyadov. Algunos nombres de estos talentosos jóvenes son: Boris Asafyev, Nicolai Miaskovsky, Akimenko-Stepovy y Lázaro Saminsky. Todos estudiantes de contrapunto con Lyadov.
Es en este momento en que surge una amistad central para el joven Prokofiev: Nicolai Miaskovsky.
Cuenta Nestyev que el inquieto Prokofiev, ya con dieciséis años entonces, probaba la paciencia de sus maestros Korsakov y Lyadov con errores e innovaciones de suma particularidad para el oído tradicional. Por otro lado, Miaskovsky era serio y disciplinado, además de sumamente culto y de opiniones de un alto nivel intelectual. Esta amistad representó para Prokofiev, no solo un compañero de conversaciones sino una apertura a la nueva música, posibilitando ampliar el espectro de influencias del joven músico. Pasó de Grieg, Korsakov y de Wagner a Strauss, Reger y Debussy. Estos últimos, nombres prohibidos en el conservatorio. Lyadov solía criticar a sus alumnos diciéndoles:
"No comprendo por qué estudian conmigo. ¿Por qué no acuden a Strauss o a Debussy para que les enseñe?"
Toda esta abertura de Prokofiev a las nuevas tendencias se concreta con la duplicación de dicho interés en el año 1907, año en que Reger visita San Petersburgo. Su influencia más importante se da en el estilo de las armonías, novedosas y de aires, principalmente, a las obras de Bach. Dichas características son reconocibles en esos momentos de su preparación, así como, indica Nestyev, una tendencia a la melodía “inquieta y agitada”. Para estos momentos se une en amistad el pianista Zakharov, quien junto a Prokofiev y Miakovsky, de dedican a ensayos a cuatro manos e improvisaciones que gastaban sus tardes de aquellos años de adolescencia. Uno de esos casos documentados es el de escribir distintas descripciones sobre la nieve en imágenes musicales. Miakovsky, se cuenta, que escribió la música de una tormenta muy desagradable y que Porkofiev describía a la nieve suave y delicada y que esta, todo en términos sonoros, caía en amplios copos.Todos estos ensayos estaban siempre acompañados de discusión deliciosa sobre sus composiciones y las de los demás autores contemporáneos o del pasado.

Para el verano de 1908, Miakovsky y Prokofiev sostienen una animada correspondencia, donde se discutía a detalle sobre las composiciones. En esos años se dedica de lleno a las clases de contrapunto con Lyadov y Korsakov, pero estas no satisfacen ni al alumno ni a los maestros quienes lo acusaba de golpes ásperos y crudos, sin duda innovadores, pero dolorosos en muchos casos para Lyadov, quien perdía la paciencia con facilidad.
Prokofiev, anota más tarde, que la correspondencia que sostenía con su amigo le era más educativa que las clases con estos profesores.
Si bien Prokofiev no duda en renegar con libertad sobre sus maestros, al parecer, la influencia de estos es innegable, principalmente, de Korsakov, de quien intentó un estudio detallado de cada una de sus partituras. Ejercicio que, por cierto, ya había realizado de los intrincados Leit motiv de El anillo de los Nibelungos del genial Wagner.
Es en este año, para el mes de octubre de 1908 que escucha su sinfonía en mi menor dirigida por Hugo Warlich, para un concierto de la corte.
Prokofiev indica sobre dicha presentación que “la orquestación y la sinfonía era algo pobre y que la impresión general, algo confusa”. Para este entonces nuestro músico tenía ya diecisiete años de edad.
Para este año se inician Las Veladas de Música Moderna. Dichas veladas constituyeron un foco para el modernismo ruso de inicios de siglo XX. En sí, estas reuniones, son una derivación del grupo Mundo del Arte, son su vertiente musical y sus reuniones son consideradas fundamentales para comprender la música contemporánea. La crítica de dichas reuniones y motivación central para sus avances e innovaciones fue Tchaikovsky, a quien consideraban un compositor banal, filisteo e irremediablemente pasado de moda.
Muchas de estas ideas y directrices del grupo encontraban forma en la pluma de Alfred Nurok, bajo el seudónimo de Silenus, y de Walter Nuvel. Ambos redactores de la revista Mundo de Arte. Dos influencia importantes en Prokofiev, gracias a su cercanía con Diaghilev.
Sin embargo, el alma de estas veladas y motor de estas nuevas ideas fue siempre Vyacheslav Gavrilovich Karatygin. Crítico, músico e investigador, su principal convicción era la de crear la cultura musical rusa y su tendencias eran, com ceuenta Nestyev, del típico impresionismo francés. El grupo, siguiendo las directrices de este último considero banal e irremediablemente pasada de moda la música de Tchaikovsky.
Los programas de las veladas de música moderna mantenían un espíritu más abierto que el de muchos músicos en tanto a lo musical, ya que lo que se solía interpretar iba desde Debussy, Fauré Strauss hasta lo más contemporáneo de la música rusa de ese entonces, puesta en manos de Stravinsky, Scriabin y, claro, Rachmaninoff.
Vale indicar que estas reuniones se convirtieron en un semillero para los mejores representantes de la música rusa posterior a Scriabin, hablamos, de Stravinsky y Prokofiev. Maiskovsky, coincide con esta nueva generación y se constituye como el primer músico avalado por la sociedad.
Es para 1908 que Prokofiev realiza su primera presentación para las veladas y ejecutó 7 piezas para piano:
Historia, Copos de nieve, tema del que hablamos líneas arriba, Reminiscencia, Impulso, Plegaria, Desesperación y Sugestiones diabólicas. La última pieza, recuerda Nestyev, generó una impresión fabulosa en el público que aplaudió hasta el cansancio en oda al poderoso dinamismo de esta pieza. “Todo el salón pareció llenarse de sonidos de un modo súbito” indica Morolev, testigo de aquella presentación que no paro hasta aparecer en la prensa de San Petersburgo.
Prokofiev nunca dejó de lado sus estudios, y aunque ya gozaba de cierto reconocimiento, él mismo consideraba que estaba en una de sus épocas más propicias para aprender. Los años de 1909 al 1914 son años de incesante y diligente estudio, complementado con la composición.
Antes de cerrar estos datos sobre su aprendizaje, debemos hacer una pausa y mencionar a una de las influencias más interesante de Prokofiev: su maestra Essipova. Porkofiev inició sus trabajos con ella en el 1910 y no mucho después se rebeló ante los cánones que esta impartía. Heredera de la Escuela de Leschetizky, esta profesora fue rígida y poco benevolente con los ejercicios que, a fin de cuentas, proporcionaron una libertad excepcional a su muñeca y una inconfundible pureza en la digitación. Bajo su dirección aprendió a tocar Schumann, Liszt, Los cuentos de Hadas de Medtner, Glazunov. Así como Tchaikovsky, Rachmaninoff y Chopin. Todo un repaso de la historia musical de Prokofiev para dar por finalizada esta su etapa de preparación.

Los apuntes anteriores revelan muchos aspectos en la formación de este fascinante músico, aspectos que, presumo, explican bien el carácter de su música propiamente: la tradición que soportaba, los músicos que respetaba, los músico a los que su juventud rechazaba, las olas en las que se vio inmerso, y con estas me refiero tanto a las revueltas sociales como a las musicales, que no deben ser tratadas nunca como desarrollos autónomos. Prokofiev surge en una
etapa crucial: la crisis del arte Ruso imperial. Años previos a la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, es decir, la burguesía y la nobleza rusa parecían tener un tiempo de vida contado. Estos vertiginosos primero años del siglo veinte se manifestaban en el rápido cambio de istmos dentro de Rusia
[2]. Por ejemplo, para citar e ilustrar un caso, en la pintura, en un tiempo sumamente breve surge en contra de la estilización decorativa del Mundo del Arte, sin más, la escuela rusa seguidora de Cézanne. Minutos después en la historia surgen los futuristas, quienes criticaron de afrancesados a los seguidores de Cézanne y redescubrieron las formas primitivas señalando el camino a diseños abstractos y hacia el archiconocido cuadro negro. Prokofiev es un músico que cobija en su propia obra lo vertiginoso de su tiempo y que avanzó junto con las nuevas artes que en ese entonces se esgrimían y donde él fue parte de estos mismos cambios, determinante en el panorama, apreciado con el tiempo y su extraña justicia, y como bien indica Einsentein(quien aparece con él en la foto de arriba):
Nada efímero, nada accidental. Todo es distinto, exacto, perfecto. Por ello Prokofiev no es solo uno de los más grandes compositores de nuestro tiempo, sino también, a mi juicio, el más asombroso compositor para películas.
[1] Quien, por cierto, tiene una pieza sumamente interesante:
Chant du Menestral op.71, ubicable fácilmente en la web.
[2] Es interesante ver en la política, el arte y la ciencia analogías tan curiosas. Será que las tres son maneras de comprender y transitar entre dos etapas distintas de la historia.