El problema de la discontinuidad

Es un hecho conocido que los niños sufren, en términos de Pinker, un “big bang” en su desarrollo al llegar a los 18 meses. En ese momento, los niños se convierten en unas máquinas parlantes, que no dudan en preguntar sobre todo y en hiperregularizar todo verbo que se les ponga a su paso. Este hecho, puede tranquilamente extrapolarse al caso de la laringe, es decir, este sería el estadio normal del niño, y los meses anteriores representarían la etapa evolutiva previa a la aparición del lenguaje gramaticalmente pleno. Y con ello, sin decir, Eureka, ya tenemos nuestro primer fósil del lenguaje: el habla de los niños menores de 18 meses. Pasemos a ver algunas de sus características. La característica más saltante en el lenguaje de los niños menores de 18 meses es la completa ausencia de elementos flexivos o también conocidos como elementos gramaticales. En cierto sentido, los niños logran juntar palabras como “Perro rojo” o “tren grande”, pero no dan cuenta de una gramática que produzca elementos óptimos para ser incluidos en la sintaxis de su lengua. Es un lenguaje basado en la memoria y que aún no presenta una característica central del lenguaje humano: la productividad. En ese sentido, los niños carecen de sintaxis, motor central de la cadena gramatical. Cualquier persona que analizara con detenimiento dicho lenguaje, podrá dar fe de ello, y, no es difícil afirmar que este lenguaje se parece al lenguaje de Tarzán. Una vez más, ante una, al parecer, inofensiva declaración con carácter de sentencia, se abre un nuevo camino para nuestra investigación. ¿Qué quiere decir la gente cuando ven muestras de lenguaje de este tipo y dicen que parece de Tarzán? El que sepa la historia de Tarzán de Edgar Rice Burroughs, sabrá que fue un niño que pasó su primera infancia con chimpancés y que estos desarrollaron todas su capacidades menos la del lenguaje articulado, situación que convierte a este caso en el primer monumento del denominado "Periodo crítico" que tanto buscan los chomskianos. La situación de Tarzán es relacionable con la de Rómulo y Remo si buscamos hacia atrás, o con la de diversos “niños ferinos” no tan atrás en la historia. Lo curioso de estas situaciones, con excepción de los fundadores mitológicos de Roma, es que estos presentan un lenguaje de frase cortas, de casi nula utilización de la flexión nominal o verbal y un acompañamiento mayor de gestos que de sonidos para intentar comunicar algo. Los diversos experimentos que se han realizado a lo largo del siglo XX para la crianza de chimpánces en lenguaje de signos dieron como resultado un lenguaje similar este, y, curiosamente, al de los niños menores de 18 años. Estos chimpancés, eran capaces de desarrollar combinaciones y la producción de un grupo finito de ideas, sin embargo, muy lejos estaban de la verdadera utilización de un lenguaje, gramatical y productivo, tal cual lo tiene los humanos adultos. Curiosamente, idéntico en términos formales al de los niños, una vez más, menores de 18 meses. Y he aquí nuestro segundo fósil del lenguaje: el manejo de señas de los primates. Si bien con este fósil nos hemos alejado un poco de nuestra idea de buscar en el ser humano sus propias respuestas, debemos alegar a nuestro favor que llegamos a él por un análisis del lenguaje de los infantes. Pero, para no irnos más allá, atendamos otra vez a los seres humanos. Hasta este punto sabemos que los lenguajes no gramaticales son nuestro objetivo. ¿Cuál es otro lenguaje no gramatical utilizado y que luego se hace gramatical, al igual que el de los niños? Para ello debemos viajar al caso más estudiado, las lenguas creoles de Hawai [2]. Producto del encuentro de franceses, holandeses y africanos, en un primer momento, estos habitantes de hablas radicalmente distintas tenían que utilizar un lenguaje, según Bickerton, similar al de Tarzán el cual es conocido en el argot lingüístico como Pidgin. Estas lenguas pidgins presentaban las mismas características que encontramos en el lenguaje de los infantes y en el de los simios que aprenden lenguaje de señas. Sin embargo, a diferencia de este último, las lenguas pidgins pasan de generación en generación y es la generación menor la que a partir de estas lenguas fragmentarias produce una lengua igual de compleja y desarrollada como cualquier lengua normal. Si bien este argumento puede servir también para argumentar a favor de la tesis del problema de la pobreza del estímulo, en este caso nos sirve para retratar el paso de un proto-lenguaje a un lenguaje.

Con estas tres evidencias, es decir, estos tres fósiles del lenguaje ya tenemos los objetos de estudio que deben seguir los estudiosos interesados por el origen del lenguaje, a saber, el lenguaje de los niños menores de 18 meses, el lenguaje de señas de los primates más avanzados y las lenguas pidgins y criollas. Sin embargo, hemos tratado al lenguaje como un sistema casi estabilizado y no hemos revisado aún una premisa determinante y otro problema de discontinuidad evolutiva: el lenguaje humano es antes que todo un sistema de representación que no tiene paragón en el mundo animal. Pero, para revisar esta pregunta, debemos abordar temas que ya no entran en la secuencia lógica de este texto. Queda pendiente para uno próximo.
