Fort-Da

June 17, 2009

El problema de la discontinuidad

Filed under: Lingüística

Monos parados

 

Hace algún tiempo[1] dejé algunos apuntes referentes al tema de la adquisición simbólica y de las distintas condiciones cito-arquitectónicas que deben darse para que esta facultad sea operativa en el cerebro de primates como nosotros. Sin embargo, dichas notas plantean las condiciones fisiológicas sin reparar en el hecho puntual de que dicha capacidad, si bien responde a una amplia diversidad  de factores, ha aparecido sin dejar rastro fijo de una continuidad evolutiva como sí la tienen las manos, los pies o la bendita forma erguida de los homínidos. Ese será el tema que abordaremos en esta ocasión, realizando un trabajo de investigación policial, como si se tratase de un caso a resolver por el famoso agente que vive en Baker Street 221b, personaje a quien le debo, aún, varios textos de recuerdo. 
 
La pregunta para empezar a buscar pistas es ¿dónde buscamos?¿en qué dominio del saber debemos iniciar nuestra búsqueda? Como hemos podido revisar en el texto anterior, son los psicólogos, los biólogos, los antropólogos y hasta los filósofos los que escriben sobre el tema, pero no los lingüistas, siendo quizá los primeros llamados a abordar este tema.  La razón de ello reside en el imperativo naturalista de esta ciencia por querer mantenerse dentro de un territorio concreto, basado en los datos antes que en la especulación, aunque, como sabemos, esto no signifique más que una convención en la praxis. En términos sencillos, la lingüística quiere versar sobre lo que es. Además, si hacemos un poco de historia daremos con el hecho de que en plena época del racionalismo francés, la Sociedad Real de dicho país prohibió realizar discusión alguna sobre el tema. Sin embargo, los tiempos han cambiado y el acercamiento al tema ha podido alcanzar un rigor adecuado buscando conjugar aportes funcionalistas y formalistas, siempre, en sus intentos más claros, bajo la sombra de Darwin.
 
En fin, para empezar nuestra búsqueda ya tenemos el terreno de trabajo, la misma lingüística. Ahora bien, dentro de ella debemos observar qué dominios nos pueden proponer salidas interesantes al tema. Sin duda, la descripción de lenguas tanto a nivel funcional y nivel formal, aunque estas reparen más en la actualidad de los códigos, dejan en claro bases comunes que debieron compartir todos los sistemas. Junto a ello, el tema de la adquisición del lenguaje sería un dominio que nos plantearía temas de sumo interés para observar las características más interesantes en el desarrollo del lenguaje. 
 
Ya tenemos el dominio del saber, la lingüística; las áreas: la descripción y la psicolingüística. Veamos ahora los hechos. Sin mayor ánimo que la simple curiosidad, muchos libros de lingüística dan cuenta de un hecho común a todos los infantes (recuérdese, del francés, “sin voz”): estos al nacer tienen la laringe en una posición distinta a la que tienen cuando son adultos. Esta se encuentra, centímetros más arriba en el ducto que llamamos garganta. Esta se mantiene ahí por los primeros días de vida, luego, como por arte de magia, deviene en su posición normal. Este hecho curioso e inocuo, como suele ser tratado en más de un libro de introducción a la lengua, cobija más interés del aparente.  Los estudiosos del hombre de las cavernas saben que la posición de la laringe en nuestros antepasados homínidos no era la misma que hoy en día, es más, coincide con la posición exacta con la cual los niños la traen al nacer, lo cual, en su momento, representaba una traba para la adecuada resonación de caja vocálica, es decir, para la clara emisión de sonidos en secuencia.  Es decir, para que el hombre pueda resonar como hoy lo hace, la laringe tuvo que cambiar de posición. Miles, millones de años tuvieron que pasar para que la laringe adoptará dicho lugar, y hoy en día eso sucede en días. Entonces, ¿no será posible leer en las mismas características del hombre los saltos que tuvo que dar, en términos genéticos, la misma especie? Parece que una respuesta afirmativa es viable, y con ella podríamos dar con un presupuesto metodológico para la búsqueda de estos fósiles del lenguaje.

Es un hecho conocido que los niños sufren, en términos de Pinker, un “big bang” en su desarrollo al llegar a los 18 meses. En ese momento, los niños se convierten en unas máquinas parlantes, que no dudan en preguntar sobre todo y en hiperregularizar todo verbo que se les ponga a su paso. Este hecho, puede tranquilamente extrapolarse al caso de la laringe, es decir, este sería el estadio normal del niño, y los meses anteriores representarían la etapa evolutiva previa a la aparición del lenguaje gramaticalmente pleno. Y con ello, sin decir, Eureka, ya tenemos nuestro primer fósil del lenguaje: el habla de los niños menores de 18 meses. Pasemos a ver algunas de sus características. La característica más saltante en el lenguaje de los niños menores de 18 meses es la completa ausencia de elementos flexivos o también conocidos como elementos gramaticales. En cierto sentido, los niños logran juntar palabras como “Perro rojo” o “tren grande”, pero no dan cuenta de una gramática que produzca elementos óptimos para ser incluidos en la sintaxis de su lengua. Es un lenguaje basado en la memoria y que aún no presenta una característica central del lenguaje humano: la productividad. En ese sentido, los niños carecen de sintaxis, motor central de la cadena gramatical. Cualquier persona que analizara con detenimiento dicho lenguaje, podrá dar fe de ello, y, no es difícil afirmar que este lenguaje se parece al lenguaje de Tarzán. Una vez más, ante una, al parecer, inofensiva declaración con carácter de sentencia, se abre un nuevo camino para nuestra investigación. ¿Qué quiere decir la gente cuando ven muestras de lenguaje de este tipo y dicen que parece de Tarzán? El que sepa la historia de Tarzán de Edgar Rice Burroughs,  sabrá que fue un niño que pasó su primera infancia con chimpancés y que estos desarrollaron todas su capacidades menos la del lenguaje articulado, situación que convierte a este caso en el primer monumento del denominado "Periodo crítico" que tanto buscan los chomskianos. La situación de Tarzán es relacionable con la de Rómulo y Remo si buscamos hacia atrás, o con la de diversos “niños ferinos” no tan atrás en la historia. Lo curioso de estas situaciones, con excepción de los fundadores mitológicos de Roma, es que estos presentan un lenguaje de frase cortas, de casi nula utilización de la flexión nominal o verbal y un acompañamiento mayor de gestos que de sonidos para intentar comunicar algo. Los diversos experimentos que se han realizado a lo largo del siglo XX para la crianza de chimpánces en lenguaje de signos dieron como resultado un lenguaje similar este, y, curiosamente, al de los niños menores de 18 años. Estos chimpancés, eran capaces de desarrollar combinaciones y la producción de un grupo finito de ideas, sin embargo, muy lejos estaban de la verdadera utilización de un lenguaje, gramatical y productivo, tal cual lo tiene los humanos adultos. Curiosamente, idéntico en términos formales al de los niños, una vez más, menores de 18 meses. Y he aquí nuestro segundo fósil del lenguaje: el manejo de señas de los primates. Si bien con este fósil nos hemos alejado un poco de nuestra idea de buscar en el ser humano sus propias respuestas, debemos alegar a nuestro favor que llegamos a él por un análisis del lenguaje de los infantes. Pero, para no irnos más allá, atendamos otra vez a los seres humanos. Hasta este punto sabemos que los lenguajes no gramaticales son nuestro objetivo. ¿Cuál es otro lenguaje no gramatical utilizado y que luego se hace gramatical, al igual que el de los niños? Para ello debemos viajar al caso más estudiado, las lenguas creoles de Hawai [2]. Producto del encuentro de franceses, holandeses y africanos, en un primer momento, estos habitantes de hablas radicalmente distintas tenían que utilizar un lenguaje, según Bickerton, similar al de Tarzán el cual es conocido en el argot lingüístico como Pidgin. Estas lenguas pidgins presentaban las mismas características que encontramos en el lenguaje de los infantes y en el de los simios que aprenden lenguaje de señas. Sin embargo, a diferencia de este último, las lenguas pidgins pasan de generación en generación y es la generación menor la que a partir de estas lenguas fragmentarias produce una lengua igual de compleja y desarrollada como cualquier lengua normal. Si bien este argumento puede servir también para argumentar a favor de la tesis del problema de la pobreza del estímulo, en este caso nos sirve para retratar el paso de un proto-lenguaje a un lenguaje.

Hominidos

Con estas tres evidencias, es decir, estos tres fósiles del lenguaje ya tenemos los objetos de estudio que deben seguir los estudiosos interesados por el origen del lenguaje, a saber, el lenguaje de los niños menores de 18 meses, el lenguaje de señas de los primates más avanzados y las lenguas pidgins y criollas. Sin embargo, hemos tratado al lenguaje como un sistema casi estabilizado y no hemos revisado aún una premisa determinante y otro problema de discontinuidad evolutiva: el lenguaje humano es antes que todo un sistema de representación que no tiene paragón en el mundo animal. Pero, para revisar esta pregunta, debemos abordar temas que ya no entran en la secuencia lógica de este texto. Queda pendiente para uno próximo.

 


 

[1] Véase este link para revisar los apuntes previos: http://gonzaloramirezherrera.blogsome.com/2008/09/02/adquisicion-simbolica-una-descripcion-desde-la-psicologia-genetica/

[2] Aun que esta situación es natural en todas las situaciones de contacto.

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